La despedida…

Padilla se despide. En una tarde de máxima espectación, con un clima entre benigno y caluroso, para no salirse de la norma septembrina, aqui en Sevilla; o del veranillo del membrillo que también suele decirse. Y como no, recibiendo todo el cariño de una plaza majestuosa como la Real Maestranza de Caballería sevillana.

Ya que todo estaba envuelto en un ambiente de ensueño, entre la invención y el mito, de la fábula de Morante a la novela de Juan José, para no despegarse un pelo de lo inesperado con Roca Rey, vinieron los toros. Y, como bien cuenta Don Paco Cañamero, “los renglones torcidos de Matilla”

Tanto, si esto que dice el ilustre cronista tiene que ver, como si no, el ganado de Matilla descastado y sin transmisión alguna, empequeñeció aquella esperada tarde de toros en la Feria de San Miguel. Y con todo el papel vendido, como el que no quiere la cosa.

Una oreja para el Pirata, otra, arrancada a la fuerza por Roca Rey, y unos primorosos lances -como si no- de Morante, definen toda la crónica. Penoso, pero así fue.

Y es que, todo lo pusieron ellos: los toreros. Claro que en la frialdad de la descripción, no caben los momentos de vellos escarpiados que se producen cada vez que el de la Puebla hinca la barbilla, volando el capote a la verónica. Ni la raza del Ciclón de Jerez -ahora apiratado- cuando siempre, siempre, le pide a los toros más de lo que traen. Tampoco, el ciclo ascendente del niño peruano (que ya no lo es -niño-) cuando baja la mano hasta decir basta, y tira del toro como si tuviera un cordón invisible.

Grandes los tres. Y Padilla siempre en el corazón de los taurinos, por si quiere volver.

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